Tras la Bestia de Gévaudan

La bestia que se come a la gente​

Xavi Bonet

16.95 €
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Introducción

—Sr. Mallory, ¿por qué quiere escalar el Everest?
—Porque está ahí.

GeorGe LeiGh MaLLory, 1923

Estoy escribiendo estas líneas desde Francia, desde Le Mal¬zieu-Ville, un pequeño pueblecito medieval amurallado —lla¬mado «la perla del valle» o «la pequeña Carcasona»— en la región de Gévaudan, en el departamento de la Lozère, en ple¬no corazón del país de la bestia. Estoy mirando por un gran ventanal que da a las montañas de La Margeride y a lo lejos observo le mont Mouchet. En este monte tuvo lugar una gran batalla librada por la resistencia francesa, en la que unos 2700 maquis plantaron cara el 10 y el 11 de junio de 1944 a la Wehr-macht —la armada del III Reich alemán—, a la Gendarmería francesa de Vichy y a las legiones Azerís y Tártara del Volga «Idel-Ural», integrada por musulmanes; un escenario bélico que anteriormente fue el lugar en el que transcurrió gran par¬te de la historia que nos ocupa.
En mi recorrido de varios días por estos pequeños pueblos realicé largos paseos por agrestes montañas repletas de mara¬villosos bosques que rodean todo por doquier, montañas ha¬bitadas, en su mayoría, por pinos y abetos gigantes que nacen allá donde terminan sus formidables laderas y sus extensos prados. Al verlas, no puedo dejar de recordar aquellas imáge¬nes de la película Le pacte des loups (El pacto de los lobos, Chris¬tophe Gans, 2001). Como recordarán los que la hayan visto, al inicio del film aparece una pobre pastorcilla corriendo deses-perada, mientras una extraña y desconocida bestia feroz la persigue para darse un banquete con ella. Y no dejo de pensar en eso porque aquellos parajes son, sin duda alguna, la tierra por donde caminó la maldita bestia.
No se sabe con certeza cuando da inicio toda esta historia, pero durante unos tres años —entre junio de 1764 y julio de 1767—, se encontraron alrededor de un centenar de personas fa¬llecidas de forma violenta en la región de Gévaudan, dejando un terrible rastro de sangre sobre unos 1200 km2. Las crónicas relatan que aquellos ataques y muertes se debían a un animal desconocido al que llamaron «la Bête feroce», la Bestia feroz. En su mayoría fueron mujeres, niñas y niños de corta edad; y casi todos eran pastorcillos pobres que se veían obligados, por pura necesidad, a conducir hasta los pastos o los abrevaderos a las cuatro reses familiares; o que simplemente se ganaban la vida llevando los rebaños de los contratistas a comer hierba fresca a las altas montañas. Unos y otros eran sorprendidos por el animal carnicero.
La violencia que mostraban los cuerpos de las víctimas cau¬só un miedo atroz entre la gente. Los leñadores tenían tanto recelo de adentrarse en el bosque para trabajar que la madera se convirtió en una materia prima realmente rara y buscada. La escasez de madera impedía calentarse, cocinar, hacer pan u obtener carbón vegetal. Se despertó el pánico entre la pobla¬ción. Las mordeduras y desgarros que tenían las víctimas eran impresionantes. Las ropas aparecían hecha trizas; los brazos y las piernas, comidos y arrancados, las tripas, esparcidas, y las cabezas, seccionadas de cuajo.
Pero la bestia no solo era capaz de arrasar con cualquiera que estuviera en las cercanías de un bosque, sino que también solía adentrarse en los pequeños pueblos y pedanías aleda¬ñas. Se sabe, incluso, que llegó a entrar en los propios jardines de algunas casas para cometer sus fechorías. Por si fuera poco, podían darse varios ataques en un mismo día, en lugares dife¬rentes y a grandes distancias entre ellos, algo un poco descon¬certante.
En resumidas cuentas, una bestia desconocida, que actua¬ba con gran saña sobre sus víctimas y que era veloz como el rayo, arrasó y sembró el pánico en las gentes que vivían en los hermosos y despoblados parajes del Gévaudan en pleno «Siglo de las Luces»… O eso es lo que nos cuentan.
La naturaleza de su especie fue muy discutida en la época y lo sigue siendo en la actualidad. Se ofrecieron suculentas recompensas a quien diera muerte al monstruo, algunas de ellas equivalentes a ¡unos 25 años de trabajo de un agricultor! El impacto fue tal en toda la región que se llegó a destinar a un regimiento de tropas para perseguirla. Incluso el propio rey Louis XV envió a un cazador de lobos real para matar a este animal tan cruel como escurridizo.
Oficialmente el asunto terminó el 20 de septiembre de 1765, cuando el porta-arcabuz real —el Sr. Antoine— dio caza a un gran lobo al que atribuyeron ser el causante de tanta des¬gracia, pero las muertes continuaron. Toda la región volvió a sufrir ataques durante más de un año, y no pararon hasta el 19 de junio de 1767, cuando un lugareño llamado Jean Chastel mató a otro animal y, esta vez, sí, cesaron las muertes.
El misterio se sirvió cuando los hechos sucedieron y toda¬vía continúa existiendo en la actualidad, más de 250 años des¬pués. Esto es incuestionable, no hay discusión posible, todas aquellas muertes y el sufrimiento de las gentes humildes del Gévaudan sucedieron de verdad y, en ocasiones, el hallazgo de las víctimas es narrado de forma tan explícita que sigue po¬niendo los pelos de punta.
Si me preguntáis por qué decidí investigar esta historia, he de reconocer que no lo tengo muy claro. Como ya he comen¬tado, quizás sea por aquella película, El pacto de los lobos, una cinta que desarrolla la trama de la Bestia de Gévaudan en una mezcla de cine histórico, épico y fantástico —en la que no queda muy clara la autenticidad del relato, todo sea dicho—. Recuerdo salir del cine preguntándome si aquella historia era leyenda o estaba basada en hechos reales. También podría ser porque me pregunté lo mismo cuando apareció por primera vez en escena una bellísima Mónica Bellucci, mostrando sus encantos de diva, en un papel de prostituta y espía del Vati¬cano de la que —ahora sé—no hay ni rastro en la historia real.
Tal vez sea porque, una vez interesado en el tema, y tras po¬nerme manos a la obra, fui descubriendo —como un niño cuando descubre un enorme botín de caramelos— una cantidad ingente de documentación de la época sobre este misterio. Los Archivos Departamentales de las regiones afectadas conservan miles de documentos originales que parecían esperar a ser estudiados y revelados. Se le hace la boca agua a cualquiera…
O quizás sea por algo más sencillo y primigenio que todo lo anterior, como solemos decir los que hemos sido escaladores, emulando al gran George Leigh Mallory. Simplemente porque está ahí.
Pero sea por lo que fuere, me surgen las primeras pregun¬tas al respecto: ¿qué sucedió realmente en el Gévaudan?, ¿qué fue ese animal que dicen que mataba con tanta saña?, ¿fue¬ron tantas las víctimas como se dice?, ¿es cierto que mataba preferentemente al sexo femenino?, ¿es posible que existiera más de uno?, ¿existen precedentes?, ¿es un caso único?, ¿son tan extraños estos ataques?, pero…¿¡qué diablos dice toda esa do-cumentación recopilada en miles de archivos!?

Y así, con una enorme cantidad de preguntas y dudas, otra cantidad superior de curiosidad y entusiasmo, pensando en esa mala bestia, en aquella olvidada y pobre gente, fue como decidí empezar esta investigación documental y de campo en 2017, justo 250 años después del fin de la tragedia.
Pude conocer los lugares donde sucedió la historia; anti¬guas catedrales o iglesias y ermitas todavía más antiguas, o pequeñísimos pueblos separados entre sí por multitud de ki¬lómetros, a veces con alguna estela, estatua o fuente conme¬morativa. Poco más podemos encontrar si recorremos el país de la bête. Eso sí, una gente estupenda, una comida excelente —con unos quesos de escándalo— y unos pueblos medievales que salpican un paisaje de película, rodeado de una naturale¬za como pocas existen en el mundo, a los pies de los bosques de la Margeride y del Parque Nacional de los Cévennes.
Le Malzieu-Ville a 31 de marzo de 2018
Xavi Bonet

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