Óscar Fábrega

Historiador, editor y escritor

Con investigadores así, hay esperanza…

Prólogo

Con investigadores así, hay esperanza…

«Nunca dejes que la realidad te estropee una buena historia». Esta frase, atribuida al magnate de la prensa William Randolph Hearst —que el gran Orson Welles inmortalizó en el cine mediante su alter ego Charles Foster Kane—, representa a la perfección la deriva que ha tomado gran parte del mundo del periodismo, donde prima más la apelación a las emociones y el sensacionalismo que la información seria, rigurosa y contrastada. La misma deriva ha sido un mal endémico en el mundo del misterio, nos guste o no.

Hace cincuenta años, mientras París ardía y los jóvenes buscaban arena de playa bajo los adoquines, Jean-Paul Sartre dijo, o escribió, algo que siempre he tenido presente: «Incluso el pasado puede modificarse; los historiadores no paran de demostrarlo». Por supuesto, no quería decir que el pasado se pudiese modificar «de verdad». Se refería más bien a nuestros relatos sobre el pasado, redactados por historiadores, cronistas y periodistas. Sartre quería criticar con esta sentencia la manipulación de la historia con fines políticos, aunque su crítica se podía hacer extensible a otros ámbitos de la cultura humana, como la moral y la religión. Y tenía razón. Cogemos de la historia lo que más nos conviene para apoyar y legitimar nuestras ideas, nuestras creencias y nuestras banderas. Y lo hacemos casi todos, aunque unos con menos vergüenza que otros.

Pero yo entendí el quejío sartriano de otra manera. Cuando lo escuché por primera vez, en mis tiernos años veinte, estaba estudiando Historia. Amaba la historia, pero, sobre todo, amaba los enigmas de la historia. Y en aquellos años, como ahora, tenía claro que la rigidez académica, y lo difícil que supone cambiar de paradigmas fuertemente asentados, han provocado un delay entre la mal llamada historia «oficial» y los descubrimientos recientes que la hacen tambalear.

La rigidez académica peca de un excesivo apego a lo establecido y de una profunda renuncia a lo novedoso y desconcertante. Tardan en aceptar las evidencias que puedan obligar a esa entelequia llamada «consenso» a cambiar de opinión. El ejemplo paradigmático de Göbekli Tepe y la muerte de la extinta Revolución Neolítica lo demuestra. El pasado fue modificado, como decía Sartre, y lo hicieron los historiadores, aunque tarde. Quizás sea el precio a pagar por un método que permite separar el grano de la paja.

Esto último, separar el grano de la paja, es lo que no hacen muchos de los investigadores, youtubers y divulgadores del misterio que, sin una formación adecuada, y con unos criterios de veracidad y rigor bastante nimios, pretenden criticar el anquilosado saber de los historiadores de salón. Está bien que aporten opciones, que propongan teorías, que defiendan cambios de enfoque, que nos ayuden a ver perspectivas novedosas y que critiquen la cerrazón académica. Pero siempre desde el rigor de la evidencia.

Y esto es lo que falta en muchas ocasiones. Rigor y evidencia.

O quizás falte método.

Pero claro, falta método porque son pocos los historiadores, antropólogos, o humanistas en general —ojo, no quiero – 17 – pecar de titulitis, ya que creo que no hace falta estudiar historia para ser historiador—, que se han lanzado al charco del misterio para afrontar, desde una perspectiva racional y sanamente escéptica, los enigmas de la historia y, por extensión, de la humanidad. Como hay pocos científicos que estudien los fenómenos paranormales o los ovnis. Los hay, y muy buenos. Pero la batalla, mucho me temo, la están ganando otros. Igual peco de pesimista. Es posible.

Pero tengo esperanza. Una cosa es ganar la batalla y otra ganar la guerra. ¿El camino? El de Feynman: la mente abierta, pero no tanto como para se te escurra el cerebro. Ya lo dijo otro sabio, en este caso inglés: “El único deber que tenemos con la historia es reescribirla” (Oscar Wilde).

Hay esperanza porque hay gente que pasa totalmente de aquel viejo adagio atribuido a Hearst, porque hay investigadores y divulgadores que no se dejan seducir por las bellas historias, ni por los aplausos ni las palmaditas en la espalda, sino que se centran en buscar la verdad, en desvelar misterios, en vez de en perpetuarlos. Y uno de ellos, y de los más grandes, es el autor de este libro que ya están tardando demasiado en comenzar a leer, mi amigo y compañero Xavi Bonet. No es peloteo ni adulación barata de editor que quiere rentabilizar y promocionar un libro. Lo digo con el corazón en la mano. Conozco a Xavi desde hace ya varios años, y desde el primer momento —bueno, mejor dicho, desde el segundo momento— me quedó claro que estaba ante una rara avis, un investigador nato, un obsesivo y metódico buscador que, pese a todo y pese a todos, lucha por encontrar qué hay de verdad en todo aquello que se le cruza por la mente.

Tuve el placer de trabajar con él, junto a otro grande, nuestro amigo Enric Sabarich, en la que sin duda es la obra más completa, seria y rigurosa que se ha escrito sobre el misterio de Rennes-le-Château en castellano: Compendium Rhedae: 100 – 18 – años de Rennes-le-Château, editada hace un par de años por la Editorial Círculo Rojo. Y ya entonces pude comprobar el nivel de este caballero. Gracias a él, y a su impresionante, paciente y metódica búsqueda en archivos y hemerotecas, pudimos conocer algunas de las claves ocultas, y apenas divulgadas, de la fascinante historia de Bérenger Saunière.

Y ahora, varios años después, tras otra enfermiza investigación, Xavi Bonet regresa por la puerta grande con otro misterio ambientado en la Francia del siglo xviii —¿qué tendrá este hombre con Francia?—, una fascinante historia de la que, como suele pasar, se han difundido un sinfín de mitos y mentiras que, una vez más, Xavi, con su hábil pluma y su cargada y demoledora mente, vuelve a desmontar. Con él les dejo.

P.D. Por cierto, la frase con la que comenzó este ya demasiado extenso prólogo, por mucho que se diga por esos mares bravíos de Internet, no es de William Randolph Hearst —ni de Mark Twain, como han insinuado otros—. No sabemos de quién es. Otra evidencia más de estos tiempos de postverdad en los que vivimos. Pero Hearst nos legó otra frase muchísimo mejor, que podría haber ilustrado del mismo modo esta reflexión: «si no pasa nada, tendremos que hacer algo para remediarlo: inventar la realidad».

Óscar Fábrega Editor, escritor y amigo

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